Alrededor de Cuadrante

 

Pionera de las columnas contemporáneas de radio en la prensa mexicana, Cuadrante comenzó a publicarse en El Nacional el 16 de febrero de 1976. Alrededor del aniversario, en 2010, la casualidad quiso que contactara con Claudia Segura, quien continuó en diversos medios la tarea de informar y comentar de radio. Sugirió platicar de mi labor y opté por este apunte.

 

Pertinente advertencia

   Apreciable colega: En su ya larga trayectoria como investigadora e informadora de radio, habrá encontrado demasiados descubridores y hasta inventores del medio. A mí me pasó igual. Lo malo es que ahora me toca presentarle otro más, y lo peor es que se trata de mí mismo.

   La diferencia estribaría en que, como escribidor de radio, he tenido que someterme a un rigor, así sea elemental. Es decir: cuando hablo de lo que me tocó en suerte hacer, observo también en mi derredor. 

   Hará un par de años, o poco más, me había propuesto ya no incurrir en el error de pensar -y mucho menos decir- que hice esto o aquello antes que nadie. Fue luego de una plática amena y cordial con don Ramiro Aguilera, qepd, durante el último encuentro de ExCéntricos al que acudió.

   A falta de reconocimiento (uno también tiene su corazoncito), suele compartir con los cuates -antes que con los nietos- aquello en lo que se cree. Pero a cada aseveración, don Ramiro -director de la legendaria LZ y, por lo tanto, hacedor de grandes figuras rancheras; ex compañero locutor en La Consentida- aclaraba: eso se hizo acá o allá.

   Y en efecto, los casos referidos, la mayor de las veces, contaban con antecedentes remotos que guardaban alguna similitud pero diferían en aspectos sustanciales. Además, yo no supe de ellos cuando hice lo propio. Hasta el 74, mi conocimiento de la radio capitalina se limitó a lo que oí en Chiapas a través de la onda corta -o potentes pero escasas estaciones de onda larga.

   Así, aunque nunca he estado de acuerdo con aquello de que “en radio todo está hecho”, que afirman hasta grandes maestros como Ramiro Garza, me hice el propósito de cerrar el pico. Lo comenté con ese enorme maestro de maestros que es Silvestre Raso y éste, como padre benévolo (es como lo veo desde que el mío faltó), me alentó a seguir externando mi verdad.

   Con todo, mantuve el propósito. Lo quebranté ante un amigo común, el promotor artístico Pepe Camacho, quien conoce a la perfección la evolución (yo pensaría que involución) del aspecto musical del medio, pero muestra vacíos en su apreciación de la radio de contenido o mixta, que es (o fue) lo mío.

   Y ahora, que se abre la oportunidad de recordar y reflexionar en torno a lo que fue Cuadrante, y las faenas que la secundaron y creo fundamentales: la tarea docente y el quehacer directo. Sin hacer escuela con el ejemplo, la teoría vale muy poco.

   He aquí, por lo tanto, mi parte en el proceso de transformación de la radio; otros, antes y después, mucho más o poco menos, han hecho lo suyo. Entre todos tiramos la carreta, y ahí la llevamos.

Los antecedentes

   Julio de 1974. Procedente de Chiapas, donde por cinco años había hecho radio y prensa locales (con un claro compromiso comunitario, quiero decir), más algún asomo a la información por televisión (vía En Punto, de Canal 8), arribo a la ciudad de México.

   Lógico: recorro el cuadrante con avidez. Luego del gusto por la nitidez en las señales (a mi pueblo llegaban -y lo peor: se generaban- distorsionadas), descubro con asombro la rigidez de los formatos.

   Salvo XEW que liquidaba sus radionovelas (RCN se transformó en RED), la radio comercial era predominantemente disquera y esquemática: canción, créditos, un par de telefonemas, hora y corte; al regresar, dedicatorias sobre la siguiente canción y así ad infinitum, las 24 horas.

   En realidad, por la noche se descansaba del locutor y de los comerciales. Las difusoras que transmitían día y noche eran pocas. Organización Radio Centro había adoptado la estrategia hacía mucho para que los oyentes pudieran encender su radio donde lo habían dejado sintonizado.

   Durante la madrugada, solamente Jorge Manuel Hernández brindaba compañía y servicio, sobre todo a taxistas. Lo hacía desde XEX, que durante el día era “La estación de los Osmond” y, cuando perdió el perfil en inglés, lo fue de “Los Terrícolas”.

   En el transcurso del día, sobre todo en las primeras horas de la noche, la X era de las pocas emisoras que cedían tiempo a brockers. Otras lo eran “las chicas”, de corte instrumental o internacional (Chapultepec, 6-20, Radio Mundo, ABC y Radio 13), que conservaban y defendían su identidad.

   La FM era eminentemente musical. Partía de su ventaja técnica para ofrecer programaciones orientadas al buen gusto. La radio cultural era prácticamente inexistente. Más que tediosa, carente de dinámica e imaginación, que lo era, se adolecía de cultura radioescucha.

   En general, el pueblo usaba al radio como ruido de compañía. Era demasiado pedir que lo oyera.

   A la postre, en eso residiría el mayor aporte del perfil hablado (y de todos quienes lo impulsamos desde distintas trincheras): que la gente pusiera atención a lo que se decía; que cualquiera sintonizara Educación o Universidad, incluso en sus excelentes audiciones musicales.

   Pero, ¿cómo se llegó a los contenidos?

   Fue un proceso largo y difícil.

   Por un lado y en principio, los noticieros de larga duración que campearon en la segunda mitad de la década de los setentas: el Monitor 111 -de dos horas en cada emisión- que pasaban Antonio Barrios Elizalde, Mario Iván Martínez, Manuel Ñique y Carlos Aparicio.

   Luego, “La X noticiosa” que ensayó Roberto Armendáriz, secundado por Luis Ángel Cisneros y Marco Tulio García, con Paco Stanley y Miguel Ángel Morado por las noches, y una pléyade de comentaristas y reporteros noveles: Ricardo Rocha, Agustín Granados, Ana Cristina Peláez y Luis Manuel Pereyra, entre los más destacados.

   Ya hacia el final de la década, Adrián Ojeda, pionero de los enlaces nacionales vía microondas e informador que hizo escuela con “Línea directa”, desde XEOC, pareció encontrar -vía ABC- la duración idónea para los informativos de larga duración, principalmente por la mañana: cuatro horas (de 6 a 10).

   Se suman comunicadores independientes que fueron empujados por una creciente demanda social: Francisco Huerta, quien compraba tiempo para ganarse unos pesos por reproducir boletines y notas que no cabían en otros medios, se ve obligado a evolucionar rápidamente hasta tornarse en cuasi mártir de la libertad de expresión.

   Tere Vale se desliza de la televisión, con la enorme escuela de Jorge Saldaña, y daría lugar, a su vez, a la formación de nuevos cuadros; Nino Canún brillaría pronto con luz propia.

   Se hace visible -hasta entonces- la tenaz labor y presencia de grandes precursores, como los distintos programas de Mojarro en XEUN; las semillas de Teodoro Rentería con su “Primera plana”; el aporte de espacios como “Diálogos al desnudo”, de Radio Mil, y aún del tipo “Batas, pijamas y pantuflas”, de La Pantera.

   Ya de lleno en los ochentas, el rompimiento gradual de cartabones en la radio disquera: uso del calendario en la programación, especiales; comentarios y primeras revistas de la nueva era; teléfono abierto… Todo ello desde una modesta estación ranchera: “La Consentida”.

   El quehacer directo frente al micrófono de quienes creíamos que otra radio era posible.

   Contra su característica, Radio Centro reaccionó entonces casi de inmediato e hizo sentir su incipiente apertura surgida de las inquietudes de Javier Frías y del ingenio de Héctor Lama. Su filial, Radio Variedades hizo lo propio con sendas revistas al cierre y apertura de estación: “Las grandes noches” y “Buenos días”.

   Desde XEW, que ya había mostrado reacomodos a través del Taller W, de donde emergió Félix Sordo, dio aire a las iniciativas personales de Héctor Martínez Serrano y la revista familiar de Janet Arceo.

   Y dentro de todo ese proceso -¿por qué no decirlo, aunque a algunos cause escozor?-, los efectos de la orientación gratuita brindada desde la prensa y el empuje a partir de la cátedra.

Papel de la prensa

   Febrero de 1976. Luego de año y medio de colaborar -con tópicos de comunidad y comunicación- para suplemento y plana culturales de El Nacional, había llegado el momento de incorporar un concepto propio: la columna Cuadrante, especializada en información y crítica de radio.

   Existían espacios en que se comentaban libros, discos, danza, teatro, cine y televisión, pero nada de radio. Y -la verdad- tampoco había mucho qué decir, al menos en lo tocante al renglón informativo. (Respecto del potencial, todo; y, más que nada, el “cómo” del cambio).

   Inspirado especialmente en la talacha que venía realizando el poeta Juan Cervera Sanchís como crítico de televisión, pensé que podría hacer algo similar con el patito feo de los medios. Deseaba ponderar “el buen papel de la radio”, y señalar fallas y vacíos.

   A diferencia de la teoría que exponían ya para entonces los intelectuales, yo conocía el lado práctico del cambio, el cómo, y quería decirlo; contribuir a la transformación. El problema era dónde (en qué sección) y cómo conseguir la autorización correspondiente.

   Fue el también poeta Oscar Wong, con quien casualmente llegué al suplemento de Juan Rejano donde ejercía como crítico literario, quien sugirió: “Mándala o entrégala; si les interesa, la publicarán”. Así, subrepticiamente,  un domingo la dejé en los casilleros de las secciones.

   Como estudiante de periodismo en la Septién, sabía que los fines de semana eran críticos para generar información. Por lo mismo, entonces entregaba -a buena hora, para facilitar el cierre de edición… Mi columna era, literalmente, el relleno de una tripa, aquella que alojaba la cartelera.

   Aunque siempre agradecí a Rafael Castilleja que incluyera mi nota (y me la pagaran), al parecer a quien le pareció interesante -y la coló- fue Víctor Cázares, reportero que los fines de semana hacía las veces de editor (especialidad que por entonces todavía no se nombraba así).

   Al menos eso me dijo él cuando ambos cubrimos un acto de campaña de José López Portillo y nos presentó un amigo en común, otro poeta y chiapaneco: Roberto López Moreno. Por mí, muy agradecido, y fue el comienzo de larga y cordial camaradería.

   Pese a la limitada circulación del periódico gubernamental, la columnilla tuvo tiempo para ser descubierta por los nacientes líderes de opinión, con José Gutiérrez Vivó a la cabeza, quienes al principio mostraron suficiente apertura para seguir recomendaciones e impulsar la evolución del medio.

   Por mi parte, secundé las observaciones con tarea docente y ejercicio directo. Pretendí demostrar que otro tipo de radio (la que aprendí de Milton Hernández Moguel, Ramón Gonzalo Jiménez y Augusto Solórzano, y que en Chiapas ensayé), era posible.

   Pero el parto fue doloroso: acumulé un abultado expediente de sanciones y antipatías de los mandos medios, por apartarme de las pautas (y más tarde por impedir, desde la representación sindical, sus habituales parcialidades).

   Para el 85, cuando todo mundo afirma que el medio cambió, hacía mucho -y quiero subrayarlo- que se había operado la transformación esencial. Y la prueba está en que se tuvo infraestructura y experiencia suficientes para responder -en materia de comunicación- a la emergencia de los sismos.

   Ocurrió, eso sí, que los trabajadores tomamos los micrófonos, literalmente, para brindar el servicio que la sociedad demandaba. Igual en Radio Educación, donde no fue muy notorio, que a través de las estaciones de Radio Centro, que -en cadena- hicieron sentir todo su peso.

   Aunque ya había comenzado a escribir una columna de lo cotidiano relevante (Prisas y corajes) para El Universal Gráfico, continué publicando Cuadrante en El Nacional. Me salí apenas a tiempo de que el periódico cerrara.

   Como detallo en una semblanza del Reportero Cor, el editor de Espectáculos de El Universal insistió bastante para que trasladara mi espacio a su sección. Me retenía la gratitud y cierta sospecha de que en otra parte no gozaría de la libertad a la que estaba acostumbrado.

   Y así fue. Limitada tan solo por la que sería su ubicación por tres lustros (Espectáculos, a cargo de Rodolfo de Larrosa), Cuadrante no padeció censura alguna en el periódico oficial. En cambio, su sucesora, además de las limitantes naturales por ubicarse en una sección de por sí trivial, fue orillada por Meraz a una permanente autocensura.

   Con todo, no dejé de decir cosas. Aquellas sencillas que marcaban derroteros, al ponderar lo rescatable y señalar lo notoriamente deficiente, cuando no se proponían abiertamente perfiles y formatos que llenarían vacíos prevalecientes.

   Así, hasta que las circunstancias y las vísceras del Reportero dejaron fuera mi colaboración, sin más ni más. Por fortuna, para entonces Rodolfo Soriano había abierto ya, en la Metropolitana de Excélsior, un espacio de radio -con Víctor Chau-, en el que recibió mi colaboración.

   Sin la exigencia de privilegiar lo musical e insulso, aunque evidentemente sin la penetración e influencia que alcanzó en El Universal, Cuadrante llegó a su cúspide.

   Enmarcada en una plana de radio (y de medios, en general) que Soriano me encargó, la columna pudo ocuparse de temas serios, acordes con los tiempos en que la radio era ya mucho más que ruido de fondo. De hecho, la página ofrecía una panorámica de la realidad a través del micrófono.

   Pudo mantenerse, en un espacio de por sí plural, gracias a la presencia del sociólogo panista que editaba. Llegaron entonces propuestas de todo tipo, algunas muy importantes, para que abandonara la trinchera. Resistí hasta que, so pretexto presupuestal, desaparecieron toda la sección.

La cátedra

   Supongo que, igual que ocurría conmigo, muchos maestros de radio, y específicamente de periodismo radiofónico, como era mi caso, alentaron un mejor uso del medio desde las aulas.

   Pero me atrevo a suponer también que no lograban demasiado por el simple hecho de que faltaban parámetros surgidos de la experiencia y, justo, al no existir puntos de referencia, los muchachos carecían de modelos a seguir.

   Cuando estudiante me tocó discutir con mis maestros los formatos prevalecientes. (¿Recuerda, don Teodoro?). Se tenía la idea de que, en cuestiones periodísticas, la radio sólo podía difundir noticias y comentarios, brevísimos. Nada más. Yo sostenía que se podía y debía trasladar (y adaptar) cada uno de los demás géneros.

   Ya como maestro, que lo fui por seis años, mi principal aporte, si es que hubo alguno, consistió en entusiasmar a los muchachos por la radio. Les mostraba y demostraba que estaba todo por hacerse, que era -de los conocidos- el medio del futuro; y los alentaba a marcharse a provincia para romper el cascarón desde el interior.

   También los conduje a indagar, observar y comparar. Como no existían textos mexicanos, integramos equipos para esbozar la teoría. Era curioso constatar cómo las nacientes figuras ignoraban incluso funciones básicas, como las de producción. Podría mostrar las respuestas que daban a mis alumnos.

   En algunos casos, dada la primera invasión de estrellas televisivas ante los micrófonos de radio, fueron quienes quisieron incorporar la función del productor pero generalmente para hacer sombra (y entorpecer) las tareas del operador. Eran lanzaquiús, solamente.

   Por mi parte, tuve la fortuna de contar muy pronto (desde el comienzo de los 70’s) con las primeras traducciones de textos de periodismo radiofónico, que me hicieron llegar hasta Chiapas (gracias a la gentileza del doctor Francisco Aguilar Cervantes y de mi hermano Raúl).

   Con ellos, principalmente, pude pulir las características de la redacción electrónica, punto de partida de las diferencias con los impresos -y específicamente con los periódicos. De igual modo, desde el Laboratorio de Comunicación Oral, se les dotó de los rudimentos para improvisar.

   Resultado final: una modesta contribución a la formación de la primera generación de periodistas especializados en radio, la que abrió brecha a la profunda transformación del medio.

Quehacer directo

   Primero Chiapas, el ensayo afortunado; luego, un ejercicio profesional del periodismo electrónico a través de XEX, Ravisa, Canal 11 y Noticentro; y finalmente, el doloroso pero discreto parto de otra manera de hacer radio desde la popular Radio Consentida.

   En el ínter de Noticentro y La Consentida, mis propuestas para realizar la primera revista matutina, reformar la FM y destinar una primera emisora a contenidos (periodísticos pero no necesariamente noticiosos), quedaron archivados y sólo serían rescatados mucho después –para otros.

   Pero poco antes de guardar silencio obligado, tuve oportunidad de aplicar algunas viejas propuestas y de ponerlas al aire a través de Radio Red, lo que -me parece- devinieron en aportes fundamentales.

   Luego de “Ultima hora”: “todo puede pasar”, dinámica y completa revista de medianoche, intenté una locura llamada “Algo diferente”: “todas las posibilidades de la radio… en un solo programa”. Y ya por último: “Muy diferente”.

   De ahí, en emisiones irrepetibles, que cuando mucho se vinculaban mediante series semanales pero conservando cada cual su individualidad, emergieron conceptos que distintas difusoras retomaron para realizar programas regulares.

   Pese a transmitirse casi mil distintas emisiones, quedaron muchos tópicos y ángulos en el tintero. Sobre todo aquellos que demandaban mayor laboriosidad, puesto que carecía de equipo para realizarlos. Con todo, una de las emisiones, en 1992, se hizo acreedora a un reconocimiento nacional.

   Puse énfasis en un concepto propio: la radio total. Es decir, aquella que emplea de manera integral el lenguaje radiofónico (música, palabra y sonido) para cumplir simultáneamente con los cometidos de informar, entretener y servir.

   Quizá por aquella semilla sin interés, cual “Flor sin retoño”, se produjo una secuela de confusión que en estos tres lustros se potenció y aún campea por todo el cuadrante: el caos total. Todos queriendo hacer de todo, a todas horas. Nada tan anti-radiofónico.

   Para mí, el silencio. Lo que no sabía hacer: tocar puertas. La negativa reiterada. Pero una cosa sí me quedó muy clara: pese a los horarios de mis últimos programas capitalinos, mi labor no pasó de noche. Se abrían magníficas oportunidades que solamente “por voluntad superior” no llegaron a cuajar.

   Por lo tanto, me di a la tarea de construir una plataforma para aterruñizar. Edité una revista para mi región (Ocote: huele bien y ¡prende!). Haciéndola, Manolo Zepeda, hermano de Laco, me invitó a dirigir la radio de mi pueblo. Le diseñé un concepto propio y lo aceptó, sin cambios.

   Para mi mala fortuna, quitaron al gobernador del que Zepeda era vocero y, a la primera sacudida, salí disparado. Fui víctima de una de tantas concertacesiones entre PRI-AN.

   Stéreo Costa (“Música, palabra y brisa”) fue la cereza en el pastel. La culminación de una trayectoria dedicada al quehacer comunitario desde la comunicación. Quedan por ahí testimonios de lo que fue: una genuina demostración de la viabilidad y eficacia de la radio total.

   ¿Y ahora? En espera de aportar de manera directa toda la experiencia acumulada, la certeza absoluta de que aún desde la estación más descuidada podría darse pelea.

   Confío que los concesionarios adviertan por fin todo lo útil que les resultó Cuadrante y su autor. Tanto, que hasta las señales más deficientes se revaluaron con los contenidos. Y el colmo: las pocas musicales que prevalecieron, también se cotizaron más alto en “lo suyo”. Definitivo: nadie sabe para quién trabaja.

   A mi vez, he armado dos o tres versiones de memorias que no terminan de convencerme, por más que les he ido bajando de tono. Ahora soy yo quien se autocensura porque conozco y he padecido la hipersensibilidad de los dueños del aire (y de la luz). En realidad, no quisiera enemistarme en serio con ninguno.

   Hubo un momento de extrema necesidad en que estuve a punto de aceptar la jugosa oferta de una editorial de mucho prestigio. Por fortuna, en ese momento recibí el apoyo decidido de un par de buenos amigos radiodifusores, y ya no hubo necesidad de vender libros. Bastó ceder algunos de mis más acariciados proyectos radiofónicos.

   En tanto llega la hora que el medio aproveche cabalmente el panorama completo que domino, aquí sigo: intentando serle útil, por todos los medios. Por fortuna, todavía pude asomarme a la era digital.

   Estoy seguro que, desde la Internet, algo podrá orientarse al oyente. Al fin de cuentas, es él -y no el Locutor Z- quien tiene la última palabra. 

Joaquín Gutiérrez Niño

6 comentarios to “Alrededor de Cuadrante”

  1. Pacx Villamil Says:

    Joaquín Gutiérrez Niño: Mi más preciado reconocimiento a la labor hecha y comentada. Hay semilllas que caen en terreno fértil, sólo es cuestión de tiempo para ver el árbol y sus frutos. No desistas! Fuera del aire!

  2. Martín Says:

    MI reconocimiento, mi padre fue Antonio Barrios Elizalde (QEPD) saludos desde San Luis Potosí, México

    • aandrea vogt Says:

      Hola Martín, conocí a tu papá pues eramos vecinos en el Fracc. Estadio de Monterrey y yo era amiga de Sonia y Concha, que creo eran tus primas… me gustaría saber de ellas. Saludos!🙂

  3. aandrea vogt Says:

    Hola Martín, conocí a tu papá pues eramos vecinos en el Fracc. Estadio de Monterrey y yo era amiga de Sonia y Concha, que creo eran tus primas… me gustaría saber de ellas. Saludos! 🙂

  4. Teodoro Martinez Estrada Says:

    Tuve el gusto d
    e ser radioescucha y despues compañero en l multimedios de don Antonio Barrios Elizalde Una gran voz privilegiada de noticieros ,de la x.e.f.b de mty y lo escuchaba en programación musical de la antigua M.R y radio recuerdo , N

    lL(q.e.p.d)

    • Martín Barrios Says:

      Gracias por tu comentario Teodoro, Antonio Barrios fue mi padre y siempre es un honor que se le recuerde con reconocimiento y cariño

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