Seguir su verticalidad, el reto

Domingo, 21 de marzo. Dos de la tarde. Gran bullicio en la Capilla 1 de Gayosso / Félix Cuevas, atestada por familiares y algunos amigos de Silvestre Raso Arredondo.

   Al fondo, en un ataúd, lo que queda de aquel innovador y perfeccionador de la radio: un cuerpo inerte que a últimas fechas padeció intensos dolores.

   De pronto, el silencio. Un joven sacerdote, antiguo compañero de Edgardo, el hijo que maneja la radiodifusora de Raso en Salamanca, pretende comenzar la celebración litúrgica, pero la emoción le gana.

   Lógico: convivieron tantas veces en circunstancias contrarias: bodas, bautizos… Hasta ahora en que el Verbo ha mandado otra cosa para el locutor, director y radiodifusor guanajuatense.

   Con frecuentes interrupciones por el llanto del afable ministro que se nos hace conocido de antes, la ceremonia avanza y llegará al momento de las exequias.

   Durante la homilía, la oportunidad para evocar al amigo, al padre. Hablan Corina y Edgardo. Ponderan precisamente cordialidad y reciedumbre del progenitor muerto, a punto de reducirse a cenizas que cabrán en una urna.

   Dos o tres veces quise pasar al frente para abordar los otros rasgos. Tantos, sobre todo sus discretos pero esenciales aportes a la radio. No obstante, temí una actuación peor que la del oficiante. Me consuela pensar que algo queda en el blog de Bregadores, en WordPress.

   Al término de la misa, salgo por oxígeno. A la entrada de la capilla me intercepta Agustín Jiménez, quien se dirigía a orar ante el féretro. Me da un abrazo y suelto -otra vez- el llanto. Como condenado a la orfandad absoluta, que es finalmente lo que ahora soy.

   Afuera, Toño Cabrera y Pepe Camacho. Nos condolemos unos a otros. Con ambos estuve en la última reunión de ExCéntricos, a finales de enero, y en la última foto con el patriarca del sábado, en el Café San José.

   Con Pepe, quien hizo favor de avisarme apenas tres horas antes, solíamos frecuentarnos con Raso en El Jarocho, de Coyoacán.

   Hace dos miércoles, el aplicador de la frase “Y en 6-20, la música que llegó para quedarse”, ya no pudo acudir al encuentro casi semanal. Esa vez platicaría con Claudia Segura; hubiera sido la última entrevista, la única.

   El maestro era huraño ante los reflectores. Charlaba informalmente pero evitaba entrevistas. De hecho, en tiempos de mi programa de medianoche en la Red, nunca quiso acudir. Era un desaire que me dolió mucho tiempo; luego lo conocí más y lo entendí.

   Con todo, de tiempo atrás, de cuando dejamos el “Sorrento” para ir a “La Peña de Gabriel del Río”, grabamos una charla, que espero se conserve en el Archivo Aguila, que se acaba en Chiapas.

   Dentro de la escasa concurrencia del medio, Ramiro Gerardo, hijo de Ramiro Aguilera, coterráneo y allegado a Raso desde siempre. Me dio gusto verlo allí, pese a que debió posponer la celebración de su cumpleaños número cincuenta.

   A la memoria llegó el recuerdo de los encuentros bohemios en el ya extinto Restaurante Tampico; ahí los veteranos esperaban a que el joven animador del NRM saliera de su turno. Fueron contadas pero intensas las ocasiones que conviví con ellos en ese plan.

   Con Cabrera y Camacho fuimos a sumarnos al fervor de Jiménez y montamos una guardia en torno al maestro. Los del radio, los del café.

   Luego, saludos y comentarios con la familia. El reto de Edgardo para apuntalar la ZH; la certidumbre de Corina de que su padre habría salido avante de la operación de rodillas, si su organismo no hubiera sido minado por extraño mal que don Silvestre no quiso atender.

   Hay consenso en que Raso era un tipo diferente, fuera de serie.

   Camacho refiere las veces que regresó sobres y regalos de las disqueras. Y los castigos que infringía a quienes no respetaban su honestidad. Y los caprichos que se permitía al colocar éxitos entre discos de desecho.

   Llevaba el propósito de permanecer en la funeraria hasta que el ataúd saliera rumbo al crematorio. Quería pedir que lo despidiéramos con aplausos, como una estrella del disco, que lo fue.

   Pero todos se iban y me sentiría un extraño entre los deudos. No pude siquiera recomendarle que “camine por el camino del sendero y compórtese con conducta y corrección”.

   Propuse a Pepe y Agustín tomáramos un café en memoria del maestro. Cruzamos la calle y comenzamos a evocarlo. Así seguiremos.

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