En el epicentro del servicio

 

Imposible resistir a la tentación de narrar, finalmente, las vivencias personales de hace 26 años, cuando la radio fue tomada por los trabajadores y el medio demostró la madurez que había acumulado durante los tres lustros previos. Es el testimonio, sobre todo, de la segunda sacudia…

Cuando ya sabíamos lo que pasaba

 

JOAQUIN GUTIERREZ NIÑO

Septiembre 19 de 1985. Estaba ante un grupo de niñas de primero de secundaria, en la Técnica 85 de Arbolillo, cuando comenzó a temblar.

 

Habituado a permanecer en el sitio donde me hallara durante los temblores, les pedí calma; que nadie se moviera de sus asientos. “Esta escuela es nueva; no pasará nada”, les dije.

 

Y, en efecto, nadie se movió, pero dos o tres de las más pequeñas fueron presa de una histeria incipiente. Fui hacia ellas y froté levemente sus cabelleras. De inmediato recobraron la calma.

 

Cuando todo pasó, incluido el descenso atropellado de otros grupos, bajé al mío a la explanada central. Enseguida la dirección autorizó la salida, puesto que algunos padres se apersonaron para recoger a sus hijos.

 

Aunque el personal tenía que permanecer en el plantel, aproveché una hora “ahorcada” de mi horario normal para ir a mi casa. Por los padres comenzamos a tener una pálida idea del drama que se vivía en el centro y otros puntos de la ciudad.

 

Mi esposa había seguido también con lo habitual. Ajena por completo a la magnitud del suceso, mandó a mi primogénito a su kinder pero muy pronto, antes de la salida normal, lo regresaron.

 

A Cande y Raúl la sacudida los tomó en pleno preparativo para la escuela. Mi mujer -con nuestros gemelos de casi un año y embarazada de nuestra hija- ponía el uniforme al niño mayor.

 

Aunque mi valiente güera se hizo fuerte ante los pequeños, seguramente Raúl la vio preocupada porque espontáneamente la persignó. Y ella estrechó a los tres.

 

Comprobado que no había mayor problema en casa, de inmediato fui al receptor de radio.

 

Recorrí rápidamente el cuadrante… Radio ABC tenía una cobertura interesante, con Tere Vale al frente; la Red desplegaba sus recursos, ya bastante fogueados; y XEW se dividía entre los intentos de Martínez Serrano por coordinar reportes y las interrupciones de Jacobo Zabludovsky.

 

Habían notorios vacíos: los de las am de Radio Fórmula. Pero, en cambio, afloraba un nuevo equipo dispuesto a cumplir con su parte: Noticentro, con la propia directora, Anita Aguirre, al mando. En realidad, sorpresiva pero eficaz respuesta inmediata.

 

Carecía de tiempo para checar más. Seguramente otros grupos con experiencia noticiosa, tales como Radio Mil y Acir, habrán dado un servicio aceptable. La radio universitaria y educativa, sí. Ahí estuvieron; en su papel.

 

Cuando volví a mi plantel, ya con la certeza del derrumbe del Hotel Regis, Televisa, Radio Fórmula, el Centro Médico, el Multifamiliar Juárez y el Edificio Chihuahua, de Tlatelolco, pensé en la enorme responsabilidad que entrañó mantener quieto a mi grupo.

 

Sabía entonces que la antigua Secundaria 3 y otros planteles más recientes se habían desplomado.

 

Desde luego, me sentí infinitamente agradecido con Nuestro Señor porque ni a mi familia ni a mis alumnos había ocurrido nada.

 

Era jueves, como todos recordamos. Ese día descansaba de mis turnos de cabina en “La Consentida”, donde siempre fui “favorecido” con horarios extremos y raros.

 

Por ese tiempo, además, por falta de descansero, cada fin de semana estaba al aire entre 5 y 8 de la mañana, y de 5 a 8 de la noche. Pero, salvo por las dificultades de transporte (nunca me hicieron efectiva una oferta inicial de crédito para auto, ni otras prestaciones menores de un paquete para “abrir” a las cinco de la madrugada), yo era feliz.

 

Lo menciono porque, apenas el domingo anterior, al ir hacia el final de Acueducto de Guadalupe a tomar el único camión de la extinta Ruta 100 que circulaba a las cuatro de la madrugada, me fui observando postes y cables, y viendo por dónde debía caminar para evitarme problemas en caso de sismo.

 

En realidad, hacía días que venía pensando en esa posibilidad e incluso había hecho algunas observaciones en casa.

 

Todavía la noche anterior al terremoto, al entrar a la pequeña unidad en que se halla mi vivienda, miré los edificios hacia lo alto y me dije: “son nuevos y fuertes”. Acaso por ello tuve también el comentario a flor de labio ante mis alumnas, a la mañana siguiente.

 

Pues ese jueves, con todo y mi descanso, y con todo y que ya había quedado desligado del área de noticias por problemas administrativos para cobrar mis honorarios de relator, luego de comer algo salí hacia la estación.

 

Tomaba una combi que se iba por Cien Metros y me dejaba en el Metro La Raza. En el trayecto por superficie, nada anormal. Pero ya en el subterráneo advirtieron que no había servicio en la estación Juárez, donde debía salir.

 

Me bajé entonces en Hidalgo, donde no todas los accesos estaban disponibles. Salí hacia Reforma. De sopetón recibí entonces el panorama más desolador que hubiera imaginado siquiera. Las calles desiertas, el ulular de sirenas constante, y un olor a tragedia que en los días siguientes se volvió de muerte y putrefacción.

 

En Radio Centro parecían volver a la normalidad y el equipo de noticias se bastaba por sí solo, aunque sus elementos comenzaban a denotar fatiga y estrés. Con sobrada razón.

 

Cuando les propuse retomar la transmisión en cadena dijeron que ya no había mucho que informar, pero les advertí que faltaba el servicio –y que por la noche se podría “caminar” más con la señal. Por única vez me hicieron caso de inmediato y todavía armamos otro bloque.

 

Durante aquella jornada improvisada convencí a mis compañeros que solicitáramos anuencia a la empresa para continuar al aire durante las noches que seguían, toda vez que nosotros no podríamos acudir como brigadistas pero podíamos servir de enlace a través de la radio.

 

Fuimos tres o cuatro a plantear nuestra inquietud (Raúl Ríos Olvera, entre ellos) y aceptaron que, a partir de la noche siguiente, y desde las 7:30 pm, estableciéramos los enlaces en cadena.

 

En el primer equipo, acaso por mi experiencia periodística o por hacer la propuesta inicial, me tocaría encabezar la transmisión, llevando a cada lado a sendos locutores, de primerísimo orden: Miguel Ángel Castillo y Arturo Flores.

 

Con aquella fortaleza de poder brindar algo de nosotros en las horas aciagas, y luego del servicio previo, en el que me auxilió Jorge Prieto Rubio, esa misma noche de jueves salimos a caminar por la zona de desastre: el Hotel Romano, Radio Fórmula…

 

Ríos Olvera y yo nos acompañamos recíprocamente a visitar nuestros domicilios, y volvimos a pie por las zonas desoladas, junto con uno o dos colegas, también afligidos.

 

Era patético observar no sólo el efecto múltiple del desastre sino el pavor de los vecinos que dormían a la intemperie, temiendo que una nueva sacudida surgiera de un momento a otro.

 

Para el viernes 20 llegué con suficiente anticipación a mi turno. Previendo la hediondez del camino, usé mi credencial de El Nacional para que me permitieran descender del metro en Juárez. Para ello, debí viajar en la cabina del conductor. Y lo mismo haría en días subsecuentes.

 

Esa noche me negué a presentar el programa de las siete: “Los adoloridos”. Evidentemente, resultaría de pésimo gusto hablar de un dolor puramente sentimental cuando lo que sobraba era un dolor del todo real.

 

Y aunque contaba con autorización para dejar mi cabina e ir al estudio a realizar los preparativos para la cadena, quise quedarme hasta el último minuto por dos razones: primero, no había nada que preparar; todo sería improvisado, y enseguida, deseaba exhortar a mis oyentes habituales a estar prevenidos de una posible réplica.

 

A las 19:28 mandé a identificación de emisora y me fui a “recibir” micrófonos al estudio. Apenas dí la “bienvenida” a la cadena, reforzada con estaciones de Radio Fórmula y muchas del interior del país, cuando procedí a hacer la cautelosa advertencia: había que estar listos para una réplica.

 

En ese momento, hubo carreras por los pasillos. Nuestro operador Alfredo Meza también salió disparado.

 

Miguel Ángel Castillo se puso de pie y a señas, desplazándose por el amplio estudio y asintiendo con la cabeza, con los brazos abiertos, agitándolos, me indicó que había otra sacudida. Arturo Flores echó el rostro sobre sus brazos, en la mesa de transmisión…

 

Y transcurrieron los segundos más largos de mi vida. Con un nudo en la garganta, teniendo en mente la imagen de mi mujer embarazada y mis tres pequeños, llamé a conservar la tranquilidad, a moverse hacia zonas seguras, pero sin decir jamás que no pasaría nada. Imposible. Ya sabíamos perfectamente todo lo que podía ocurrir.

 

Quienes huyeron y se plantaron a media calle de Artículo 123, nuestro director Elías Cervantes entre ellos, dirían enseguida cómo se golpeaban los edificios de Radio Centro y los contiguos, quedando a un tris del desplome.

 

Así seguimos la transmisión toda la noche y, cuando el cansancio nos vencía, nos turnábamos para dormitar unos minutos debajo de la mesa de trabajo, atestada de reportes de necesidades y búsquedas.

 

Minutos después de la segunda sacudida, contacté por teléfono al poeta andaluz Juan Cervera Sanchís para que dijera al aire su poema “La fe”, tan reconfortante, y que lamentablemente quedó inédito y extraviado.

 

En el transcurso de la jornada, entre otras muchas, atendí la solicitud de ayuda de un grupo de directores de secundarias técnicas que acudían a un seminario de actualización y quedaron atrapados en un salón del Hotel Continental.

 

Ahí, tan pronto les conseguimos plumas y otros recursos, antiguos compañeros de la EST 48, de Cuajimalpa, desempeñaron tareas de rescate verdaderamente impresionantes.

 

Finalmente, segundos antes de que terminara ese tremendo y larguísimo día, pronuncié en cadena la primera oración que se dijera por la radio laica de México.

 

Todavía hoy, a tantos años de distancia, encuentro personas que recuerdan y agradecen aquel bálsamo espiritual que pudimos concedernos entre todos, enlazados por la radio.

 

Pero, ¿cómo no dar gracias a Dios y clamarle por la atribulada población? Era lo menos que podíamos hacer, y no hubo por fortuna reclamo alguno. Ni dentro ni fuera de la empresa.

 

Como testigo de la radio del último tercio del siglo pasado y a manera de conclusión de esta extensa remembranza, quiero reiterar dos asertos que he venido sosteniendo categóricamente:

 

Si bien puede aceptarse que los sismos fueron un parteaguas en la sociedad y radio capitalinas, es definitivo que el quehacer preparatorio deviene de mucho tiempo atrás. Para la tragedia de San Juanico, incluso, un año antes, hubo ya excelente cobertura que demostró la madurez periodística por la que muchos bregamos desde los años setenta.

 

En gran parte, el vasto quehacer de integración que llevó a cabo la radio durante la secuela de los sismos se debió a la autogestión de los trabajadores. Diríase que así como la sociedad tomó la calle, los comunicadores asumieron los micrófonos, estudios y redacciones. Y esto fue cierto no solamente en difusoras públicas como Radio Educación sino en las privadas, aún en aquellas de corte más conservador.

 

Si esto todavía no se descubre o admite, más temprano que tarde ocurrirá. Ahora mismo puede efectuarse una revisión serena y honesta, y puede comenzar a consultarse lo que oportunamente registramos en la prensa –sin desmentido alguno porque a todos constaba.

 

Es hora de escudriñar en la memoria, así sea por poner las cosas en su sitio. Únicamente.

Una respuesta to “En el epicentro del servicio”

  1. Gerardo Zaragoza Morales Says:

    Una crónica espléndida. También recuerdo ese segundo episodio, terrible por la magnitud del primero. Yo estaba por entrar a la preparatoria (ENP No. 9) y sin duda fue uno de los momentos más impactantes que he vivido.

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