Saldaña en la Nostalgia

¿Puede hablarse en tono cercano de alguien a quien apenas si se trató un par de veces en la vida? Quizá sí, por esa magia de la radio, sobre todo, que torna propios a los seres que llegan a nuestras vidas por el más emotivo de los sentidos, principalmente ahora que ya pueden proyectarse como humanos.

Entre “Anatomías” y “Añoranza”
Por: Joaquín Gutiérrez Niño

Fortuitamente pude enterarme temprano -este viernes 31 de octubre- del deceso de Jorge Saldaña, acaecido en la noche anterior. Y fue por la radio, por voz de alguien a quien Jorge admiraba –tanto en lo profesional como en lo personal: Carmen Aristegui.
Conducía hacia el hospital de Oncología, del CMN, cuando, ya para llegar, oí la noticia. Se me hizo un nudo en la garganta. Me duele, especialmente, que partan seres que han pugnado por un México mejor sin que se vislumbre siquiera la más leve rectificación de rumbo.
Fue un hecho fortuito, digo, porque: primero, hace mucho que no sintonizo noticias (me desconsuela terriblemente el triste fin que ha tenido el país, y la apatía e impotencia de la mayoría); y, segundo, había puesto un cd para que mi suegra oyera acerca de las bondades del omega 3.
Carmen se oyó consternada por el suceso; dio datos divulgados por la OEM y reprodujo un fragmento de antigua emisión televisiva del comunicador veracruzano.
Pensé que reproduciría algún fragmento del diálogo que Saldaña sostuvo con ella cuando la Aristegui quedó fuera del aire; entonces él ofrecía su espacio para que Carmen comentara a través de ABC. Pero no hubo necesidad; pronto CA volvió por sus fueros.
Mientras reproducían la voz de Saldaña comenté con la familia que a Jorge le gustaba Carmen…
Contra lo que pudiera pensarse, yo no traté -mayor cosa- al comentarista y presentador televisivo; acaso dos o tres veces, y nada más. Sabía varias cosas acerca de él, por varias razones: tuvimos algunos amigos en común y, más que espectador suyo, fui su oyente.
Y ahora, por fortuna más que infortunio, quienes nos hablan desde los medios, ya pueden traslucir las personas de hueso y carne que hay en ellos, cosa en la que a algunos nos costó caro abrir brecha.
Por referencias de mi hermano Carlos, quien me ponía al tanto de quién era quién en la comunicación electrónica capitalina, supe de Saldaña desde antes de verlo por primera vez en la tele.
Y esto último ocurrió a comienzos de la década de los setenta, cuando precisamente mi hermano me trajo a conocer la ciudad de México. Tuve entonces la fortuna de ver una de sus “Anatomías”, donde intervino el pintor Cuevas, ajonjolí de todos los moles de la época. Me marcó.
Supe entonces que era posible emplear los medios en algo más que presentar canciones o dar noticias. Y tomé mi primera lección de pluralidad; de la conveniencia de escuchar voces diversas pero autorizadas en torno a un mismo tema. Suficiente para intentarlo muy pronto en la radio de mi pueblo.
Y fue para XEDB, precisamente, donde al poco tiempo pude dar cuenta de la visita a Tonalá del ya para entonces conductor de Sábados del 13, donde -por la gentileza de mi primo Ted Laguna que me avisó- fui a conocerlo y entrevistarlo al restaurante donde merendaba.
Ahora, en perspectiva, me congratula que haya sido en mi terruño donde conocí al célebre moderador, como ocurrió con otros ya legendarios personajes. (Amalia Hernández, por ejemplo).
Desde Tonalá, por cierto, antes de venir a estudiar al DF, llamé a su programa “Una voz en la noche”, que pasaba por XEB; requería ventilar mi protesta porque Televisa tomó el nombre de uno de mis primeros conceptos periodísticos, Dimensión 4, para un programa juvenil que pasaba por Canal 4.
Tenía la seguridad de que no era coincidencia porque enviaba yo ejemplares de mi Impreso del Jueves a Juan Ruíz Healy, de donde algún “creativo”, de los que después proliferaron en los medios, habría tomado el nombre nomás porque le gustó, seguramente sin que supiera al menos su significado.
Ya acá, en el DF, no me acerqué a él porque uno de mis amigos más allegados, Juan Cervera, a la sazón crítico de televisión, fue demandado por Saldaña. No pude dejar de comprar un pleito que nomás lo fue mediático, aunque en un principio el de Banderillas parecía decidido a estocar.
A Jorge, cuyo lado flaco era la solemnidad, que en ese tiempo de su gran popularidad era mayor, le ofuscaba que el andaluz le llamara “humorista involuntario”. A varios amigos nuestros confesó: “Lo que me encabrona es el pitorreo del gachupín”.
Años después, en su cúspide en radio y como crítico del sistema, cuando yo lo oía a diario, él mismo hizo alarde de fina ironía y de fuerte sarcasmo. Desde el título de su libro (porjoder.com) puede advertirse.
Técnicos y colaboradores suyos iban al café a ponernos al tanto de las reacciones internas de Jorge; y Juan, en efecto, se divertía hasta que tuvo notificación de la demanda.
Un amigo de ambos, Librado Basilio, fundador de “El caracol marino”, de Xalapa, medió para apaciguar los ánimos. Saldaña respetaba mucho al maestro, quien contribuyó a su formación humanista en un seminario de la capital veracruzana.
Asiduo al Café Reforma, el epigramista Francisco Liguori, nos dijo ahí, alguna vez, una célebre rima al comunicador, quien se empeñó en cantar, como en sus años mozos parisinos. Recitaba: “Cuando Saldaña canta, él se tapa una oreja, y el público las dos”.
De vez en vez, aticé el fuego. Publicaba alguna nota para apoyar a Cervera, por lo que, de plano, quedó cancelada cualquier cercanía con Saldaña.
No obstante, cuando hizo falta promover un certamen de electrónica con sede en la secundaria donde yo trabajaba, al comienzo de los ochenta, me limité a gestionar una entrevista al aire, con él, cosa que aceptó de buena gana. Y hasta ahí.
Por ese tiempo me tocó presentar, por C-13, una sección de poesía en un programa de medianoche que era producido por Carlos Martínez, el robusto argentino que había tenido a su cargo el programa “Sábados con Saldaña”.
En la misma década, Jorge Saldaña se interesó por transmitir parte de su programa desde la cabina de “La Consentida”. Resulta que los fines de semana, cuando regresaba de Cuernavaca, se maravillaba con una serie que le pareció fenomenal, y objetivamente lo era: “Los adoloridos”.
Tras un sencillo trámite acudió con cámaras y micrófonos de Canal 13 (así se decía entonces), pero, al atestiguar el desarrollo del programa radiofónico, algo no embonó del todo: Saldaña sintió que no era lo mismo que él había escuchado. Pero, ¿ya qué?
La explicación era simple: el programa era presentado por tres distintos locutores: de lunes a miércoles lo pasaba Palomera; el jueves, que era mi descanso, entraba Manolo Cruz; y de viernes a domingo, estaba a mi cargo.
En otras palabras, a quien Saldaña escuchaba era a mí pero su visita fue programada con el ya también difunto José Luis, sencillamente porque los directivos no querían concederme el menor mérito. Las cosas del aire.
En desagravio, como para que Saldaña tomara nota, El Reportero Cor mandó entrevistarme para El Universal (todavía no aceptaba yo su reiterada invitación para colaborar ahí). El entrevistador: Guillermo A. Ledezma, un pan de Dios que años atrás trabajó como locutor en mi entrañable sureste.
Luego vinieron los silenciamientos. Primero Saldaña, que tuvo que emigrar del país; luego yo, que me refugié en el sur. Y es que de tarde en tarde, se mandan callar voces incómodas.
Saldaña volvió al aire, por XEDF (970 AM), con una emisión semanal vía telefónica, desde París. Luego, ya de vuelta a México, desde Veracruz, pasó cotidianamente por ABC.
Cuando Lalo Andrade dirigió la emisora hice un par de sugerencias para mejorar la calidad del audio y el ritmo de la emisión. Luego, en un proyecto que esbocé y entregué a quien lo relevó, iban algunas posibilidades que, me dijeron, “ya las tenían contempladas”. Sea como fuere, hubo leves mejoras.
Pero, con la proximidad del proceso electoral, y tras quedar cercado por voces del oficialismo y la derecha, JS quedó fuera nuevamente. Como premio de consolación, su programa televisivo, que ya tenía salida por la TV regional de Veracruz y otros sistemas estatales, halló lugar en Canal 11.
Antes de esto, en la cúspide de su aceptación en radio, justo cuando fui asiduo a sus emisiones, me tocó llevarle un libro hasta su actuación en pleno Zócalo capitalino. Era, nada menos que un volumen autografiado de la obra poética reunida de Juan Cervera.
Vi entonces un hombre desgastado pero con el coraje suficiente para seguir en lo suyo: realizando eventos distintos; estableciendo la diferencia. Me emocionó hasta las lágrimas y le agradecí en silencio su entrega y servicio.
La última vez que oí a Saldaña en radio fue como invitado de Zabludovsky, promoviendo programa y evento en puerta. Se les oyó muy cordiales, más allá del revanchismo de antaño. (Leopoldo Meraz me reveló que, en la terna para decidir al conductor de 24 Horas iban Jacobo y Jorge; el tercero, me parece, era Álvaro Gálvez y Fuentes).
Y la última vez que lo ví por televisión fue ya en Canal 11, hace apenas un par de semanas, cuando presentó a la amiga Aída Luna. Lo vi rejuvenecido, lo que me asombró porque otro amigo en común, quien formaba parte de su equipo técnico, Gabriel Escobedo, me dijo andaba delicado.
A últimas fechas, todo me trajo a la mente el recuerdo de Saldaña: amigos en común me hablaron de su programa en televisión, hallé notas mías con comentarios en torno al antiguo conflicto con Cervera y recordé la ocasión en que visité (de día) su vieja casona de la Zona Rosa.
Con la partida de JS, dejo un pendiente en el café de los miércoles: el encargo del Baby Enrique Ávila para precisarle nombre y ejecutante de la música parisina que le sirvió de rúbrica. Ni la gente de la emisora ni él mismo me contestaron los correos con la pregunta.
Pero me da pie a pedir al maestro Miguel Medina me lleve de nuevo el libro con la vida de los hermanos Domínguez, donde Saldaña escribió un prólogo magistral.
Al agradecer sus aportes (sin él, desarrollo de medios y sociedad habría demorado mucho más, publiqué en redes sociales), aprecio el impulso que dio a los chiapanecos Daniel García Blanco y Reynols Peña, y a tantos y tantos valores del canto, la cultura y la comunicación mexicanos.
Uno de los pasajes poco advertidos en la vida de ese viejo juvenil fue su intento por involucrar a la sociedad en la obtención de una concesión de radio. Fue a poco de su primera experiencia, por la B, cuando hizo radio nocturna.
Cuando murió Raúl Velasco, a quien criticó severamente, Jorge tuvo -por ABC- palabras de respeto y gran consideración sin desdecirse de lo que, en su opinión, significaba ese tipo de programas musicales. Supongo que algo así merecerá ahora de quienes no lo querían.
Saldaña no fue un santo sino un hombre de sus tiempos; que devino de la época de partido único pero empujó cambios por una democracia que abortó. Tuvo el arrojo de abanderar opciones políticas ante una sociedad que no avanza sustancialmente.
Fue un tipo que quiso a su país y trabajó por el desarrollo, empezando por la conciencia. Y eso no se puede decir de muchos, y menos de quienes actúan frente a cámaras y/o micrófonos.
En este día de difuntos, Saldaña -sin duda- bien vale un Kasinka… Que sea un paquete, a tono con el que deja con su ausencia.

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