La tristeza del locutor

12670151_913819252047331_1960576975509742385_nTras enterarse de la liberación absoluta para hacer uso de los micrófonos en México, Víctor Manuel Barrios Mata compartió en CUADRANTE, el grupo de Facebook, su testimonio de la ansiedad padecida en la obtención de su licencia de locutor. Aquí retomamos ese interesante pasaje que es similar al de muchos contemporáneos suyos, así fueran igualmente destacados en su desempeño profesional.

“El Diario Oficial de la Federación publicó este lunes 8 de febrero de 2016, el Decreto por el que se reforman, adicionan y derogan diversas disposiciones del Reglamento Interior de la Secretaría de Educación Pública (SEP)…
…“En dicho decreto, se deroga la atribución de la Dirección General de Televisión Educativa (DGTVE) para: “Expedir licencias de locutores, cronistas y comentaristas de la radio y televisión”. Es por esto que la DGTVE a partir de esa fecha dejará de emitir las mencionadas licencias”.
Enterarme de ésto me llenó de tristeza. Y no porque esté de acuerdo o no con la resolución de desaparecer las licencias de locutor. (En Costa Rica o Estados Unidos, donde he trabajado, no es requisito).
Tristeza, al recordar mis primeros pasos por esta apasionante carrera: Trabajaba en Pemex, donde conocí al dibujante Eduardo Galván Rentería, que también era locutor de XETO. De inmediato cultivé su amistad con el propósito de que me introdujera en la radio. Lo logré, pero necesitaba la licencia de locutor.
Al principio obtuve un permiso de 6 meses otorgado por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, por medio del administrador de Telégrafos de México en Tampico. A su término otro más, y otro y otro, hasta que llegué a solicitar el sexto. En ese momento, el administrador me previno que era el último permiso de 6 meses y que debía obtener la licencia o hasta ahí llegaba mi paso por la radio.
Tenía miedo. Miedo de no aprobar el examen, miedo de ir a la ciudad capital,
Temeroso envíe mi solicitud, después de dos meses de darle vueltas al asunto. No dormía, sudaba, temblaba cada vez que el correo llegaba a la casa. Y sí, me llegó el oficio que indicaba que el 15 de septiembre de 1955 era la fecha del examen. Para entonces ya había estudiado todos los requisitos de la prueba, desde pronunciar correctamente cientos de nombres extranjeros, dicción, etcétera, hasta cada uno de los capítulos del reglamento.
Llegó el día. A las 8 de la mañana subí las escaleras del enorme edificio ubicado en la entonces llamada calle de Niño Perdido. Ah, como temblaba. Me preguntaba: ¿y, si no pasaba el examen?, perdería la oportunidad de un trabajo agradable, donde me sentía como pez en el agua, y no monótono como el de petróleos. ¿Qué le diría a mi familia? Sería terrible, después de 3 años de trabajar en lo que tanto me gustaba. En fin, ya no había marcha atrás.
Me presenté con la señorita Cortez y, junto con un numeroso grupo de aspirantes, pasé al salón donde unos sinodales, con cara .de pocos amigos, me entrevistaron.
Regresé a Tampico a esperar el resultado. Varios días después recibí el tan sufrido y anhelado mensaje. Había pasado el examen. Ya era locutor acreditado. Mi licencia de locutor con el número 3866 la tenía en mis manos, la miraba, la besaba. Fui con el administrador de telégrafos a enseñarle el documento y darle las gracias por los permisos.
La mayoría de ustedes ya conocen mi trabajo en la radio y la televisión. Han sido años maravillosos y de gran experiencia. Me han dado la oportunidad de conocer amigos, viajar y divertirme.
Entonces, ¿porque la tristeza? Porque ahora, cualquiera, con conocimientos o no, pueden hacer lo que a muchos nos costó sangre, sudor y lágrimas. ¡Solo por eso!

2 comentarios to “La tristeza del locutor”

  1. ENRIQUE GALICIA AGUIRRE. Says:

    CONFIRMADO; A ESTE SEXENIO NO LE INTERESA NADA QUE TENGA QUE VER CON LA CULTURA, AHORA CUALQUIER HIJO DE FAMILIA SIN NINGUNA PREPARACION ELEMENTAL USARA LOS MICROFONOS PARA ENSUCIAR ESTA HERMOSA CARRERA DE COMUNICACION.

  2. Antonio Jose Antonio Says:

    parece que estoy leyendo mi propia historia. cuando obtuve mi licencia, la miraba, la besaba, casi me dormía con ella. me costó mucho trabajo acreditar. permisos, horas de lectura, sobreponerse a los examinadores. vencer el miedo. es una lástima la medidad del gobierno.

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