Luna, por siempre

 

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Tras más de setenta años de brillar en el cuadrante, la voz de El Fonógrafo, don Salvador Luna Ibarra, se extinguió el 4 de julio de 2016. Llegó al mundo el 4 de abril de 1921, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Comenzó en XEJX de Querétaro. Laboró para XEN, RPM, XEW y ORC. En esta última fue locutor de XEQR, director de Radio Exitos, jefe de NotiCentro (cubrió la campaña de Miguel de la Madrid) y fue director de Relaciones Públicas. Asimismo, representó al STIRT ante las emisoras del grupo.

Luna Ibarra, apóstol de la voz

Por: JOAQUIN GUTIERREZ NIÑO.

Era aún temprano.

Apenas pasaban de las siete. Como era habitual que Salvador Luna Ibarra y yo nos encontráramos, cada mañana, en la redacción de NotiCentro.

Entonces (julio del 77), él llegaba de misa con bastante anticipación para su turno de cabina en XEQR (de 8 a 10). Dejaba su coche en Atenas 9, en el estacionamiento de El Patio, y caminaba hasta Artículo 123.

Al paso, la iglesia de San José, contigua a un seminario, en Enrico Martínez. Ahí oía misa y comulgaba. Yo debía llegar antes a ORC para confirmar que se pasara el noticiero de las siete y hacer un envío -vía télex- a provincia.

A la vuelta de El Patio, y del tiempo, el martes 5 de julio de 2016 el cuerpo de Luna Ibarra reposaba en un ataúd de madera, con un pequeño fonógrafo encima, rodeado de flores.

Arreglos y coronas de GRC, Francisco Aguirre Gómez, Mariano Osorio, Stereo Joya, la Asociación Nacional de Locutores y El Fonógrafo.

En el atril de la entrada a la capilla 3 de García López / Gral. Prim, el libro de condolencias. Las primeras, de María Esther Aguirre Gómez y José Luis Rodríguez Ibarra, ex socia y ex director general de ORC. Emotiva una, escueta pero cordial la otra.

Llega de golpe el incidente que me encaminó a la primera salida de Radio Centro (arranque de varios desencuentros con Rodríguez), pero freno ese recuerdo; es irrelevante y más ahora: debo pasar a montar solitaria pero respetuosa guardia ante el féretro del maestro y padrino. Y orar.

En la sala, sus tres hijos: Rocío, Pío y Chava; con ellos, Lupita, “el ángel que nos ayudó a cuidarlo”.

Ella da testimonio de la celestial visión que tuvo ese santo varón al encaminarse a la casa del Padre, su siempre invocado “Señor de la Misericordia”: nada menos que María, madre de Dios hecho hombre; su bienamada protectora, a cuyo santuario guadalupano peregrinó durante 50 años desde Querétaro.

En aquel momento supremo para quien nos recomendó -a Cande y a mí- nunca ir a dormir enojados, hablaba de radio con Humberto, uno de nuestros gemelos. Feliz coincidencia, mi mejor homenaje. Era el anochecer del 4 de julio y la casualidad marcaba el 40 aniversario de la muerte del poeta Juan Rejano, otro hombre corazón, clave en mi carrera.

Luna Ibarra ya no supo que volví al radio, cosa que tanto deseó. Le habría dado gusto, además, que lo hiciera en familia y para familias… En gran parte, la semilla de amor y gregarismo que él sembró durante nuestras charlas de mediodía, cuando el trabajo lo permitía.

Tampoco pudo escuchar los formidables testimonios que recogí entre gente del medio con motivo de los 70 años de su vida profesional y menos aún logró leer la nota derivada de la charla que sostuvimos el 3 de octubre de 2013, víspera de aquellas siete décadas.

Pero tampoco le hacían falta. Utiles pueden ser para nosotros, para alegrarnos por haber coincidido en tiempo y espacio con un ser verdaderamente excepcional.

Pero, a cambio de esos tributos no conocidos, vio la modesta pero decidida intervención en la celebración de aniversarios profesionales previos. Para él, esa fecha de octubre y la de septiembre por su matrimonio, revestían mayor importancia que la de su propio nacimiento.

De eso y más cavilaba, ensimismado…

 

Luna Ibarra estuvo siempre en mi vida.

Cuando niño, lo oí en la narración de la estremecedora historia recreada en la primera radionovela que sintonicé -por XEQ: “Una flor en el pantano”. Allí, seguro, reafirmé mi inclinación por lo justo y mi afición por el relato.

En la adolescencia e inicios en la radio, un pupilo suyo y coetáneo mío, Carlos Arjona Moguel, me platicaba del maestro, y llevó a la estación local -de mi terruño- la voz de SLI en comerciales de su embotelladora de agua.

Ya en la capital, otro Carlos y cuasi paisano, Carlos César Gil, me llevó a presentar con él. Era el tránsito entre 1974 y 75 cuando tuve la satisfacción de conocerlo.

En 1977, Luna Ibarra me invitó a asistirlo en la jefatura de Noticias de Radio Centro, y en 1979, sin miramiento alguno, por continuas faltas a mi segundo turno y por demorar el regreso de vacaciones, gestionó mi liquidación. Una lección que debía yo asimilar.

Don Chavita era buena persona pero con carácter. Lo mostraba dentro y fuera del hogar. Tanto, que alguna vez hizo severa advertencia a abusivo líder, como comenté a guisa de homenaje ante el grupo Gente de Radio.

Abogó por mí ante las desavenencias tenidas con los Rodríguez Aguirre. Como ellos y Luna Ibarra eran miembros del Movimiento Familiar Cristiano, pedía que el ingeniero se disculpara conmigo. No llegó a tanto pero esa vez tampoco llegó la sangre al río. (Hasta que él personalmente me corrió).

Para 1980 los Luna Galindo aceptaron ser nuestros padrinos de arras. Hubo motivos de peso para invitarlos y contratiempos que no viene al caso detallar por ahora, pero para Cande y para mí lo fueron. De última hora, la reportera Pilar Sánchez Agüeria, nuestra madrina de lazo, los representó.

Tras mi boda, la titular de NotiCentro, Ana María Aguirre, me invitó a regresar a la empresa. El ingeniero Rodríguez me propuso combinar tareas de supervisión operativa nocturna y guardia en noticias mientras iba a cubrir la siguiente campaña presidencial.

Llegado el momento, medio mundo quiso ir a las giras, incluso locutores que nada tenían que ver con la información. La solución salomónica fue mandar al jefe de noticieros, don Salvador Luna Ibarra, ante lo que yo no podía poner objeción alguna.

Como premio de consolación (¿cómo olvidarlo?) me dieron turnos de cabina en la ranchera; “usted siempre quiso ser locutor” -dijo Rodríguez, quien ofreció una hora extra diaria, pago de producción para un programa campirano en cadena y crédito para coche, pues entraría a las cinco de la madrugada. Nada de lo adicional fue cumplido.

La relación con don Chavita quedó intacta, y así siguió aún cuando ambos estuvimos fuera del grupo.

En algún momento me llamó para darme una primicia. Empezaría un nuevo concepto: El Fonógrafo del Recuerdo, que poco a poco, mediante el manejo abreviado que hice en prensa y observaciones directas, fue quedando en “El Fonógrafo”.

Me alegró por él pero me entristeció que se extinguiera el concepto de la estación hablada, Expresión 7-90, por el que insistimos, mucho tiempo ha.

De vez en vez, con años de por medio, pasaba a saludarlo. La señora Luna alentaba que no aplazara la entrevista que habíamos convenido, pero debieron pasar varios años más hasta que por fin la realizamos.

Con los eventuales encuentros en Radio Centro, al menos un par de veces, me estrechaba con gran efusividad y decía: “¡Este sí…!”. Pero nunca dijo ni pude interpretar el complemento de la frase suspendida.

Durante los últimos saludos, relativamente frecuentes, alrededor de los funerales y aniversario luctuoso de su esposa, ya no se mostró tan efusivo. Se notaba apagado, dolido.

Pero en la memoria queda, indeleble, el tratamiento que por largos años prodigó:

-“Joaquinito”.

 

Arriban vecinos de los Luna Galindo.

Gentilmente me incorporan a su charla. Enseguida, el natural intercambio de recuerdos con Rocío, tras décadas que abandonamos las aulas de la Escuela de Periodismo, donde estuve cerca de otro enorme ser humano: el profe Alejandro Avilés.

Asistí a la misa que ofició el padre Jesús Vilchis, sacerdote que se confiesa entusiasmado y convencido por el fervor de don Salvador.

La admiración del religioso por el locutor partió de la fe manifiesta al aire y se consolidó con la piadosa práctica del señor Luna. Y uno se pregunta: ¿cómo será de excepcional esa vida para arrancar la admiración de un religioso?

Salí a coordinar el esperado arribo de mi esposa al velatorio (fue día complicado, en zona de manifestaciones) cuando llegó el contingente de El Fonógrafo, con el jefe de área a la cabeza, mi paisano Adolfo Fernández.

Al regreso de almorzar algo, ya estaba ahí José Antonio Cabrera, quien compartió micrófono con Luna Ibarra en XEQR, la estación piloto. Poco después llegó otro grande: Enrique González y de la O, de larga permanencia en la empresa.

Minutos después apareció don Gabriel Hernández, quien optó por sentarse a mi lado. Chiapaneco al fin, enfrenta al toro que le embiste; el de los recuerdos que se asientan. Amenaza o reconocimiento, declara: pagamos los errores.

Despido con abrazo al programador y responsable de El Fonógrafo, Julio Avila, uno de los operadores con quienes compartí turnos gloriosos, innovadores, en La Consentida. Doy también un abrazo al “señorito” Macías, figura actual de la JP 1150.

Cabrera me invita a una reunión de trabajo en nuestra demarcación, por lo que abandono mi propósito inicial de permanecer en la capilla ardiente hasta que se llevaran el cadáver a cremar. En realidad, todo estaba consumado y el mejor homenaje que se puede hacer a un hombre ejemplar es… seguirle.

De salida encuentro a Manuel Trueba, de los pocos directores respetuosos (por no decir el único) de mi gestión como sucesor de don Chavita en la representación sindical del grupo, que tanto incomodó a los abusivos mandos medios.

Camino al Paseo de la Reforma recapacito en el poder de convocatoria de mi maestro y padrino. Sólo él podría reunir a tirios y troyanos. Qué gran persona, en verdad.

En los días subsecuentes he recordado a Luna Ibarra en cuanto foro he tenido a la mano. Me asombra que aún mis amigos más escépticos (Selvas, Márquez) reconocen la bondad irradiada por ese hombre sensacional, como lo calificó oportunamente su propia compañera de vida.

Como dije al aire -por ABC- y reitero: dada su conducta en el complejo mundo de nuestros días, a nadie deberá extrañar que algún día ese apóstol de la comunicación sea considerado santo.

SLI 06

 

 

Fotos: Gregorio Rodríguez y portal de El Fonógrafo.

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