Cabrera, sin gira del adiós

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Locutor y maestro de locución, José Antonio Cabrera Madrid (Guanajuato, 17 de enero de 1941 – Ciudad de México, 17 de noviembre de 2016).

Por: Joaquín Gutiérrez Niño

 

Su infancia, en su natal Guanajuato, no fue cajeta sobre pan blanco.

Desde muy temprana edad, José Antonio Cabrera debió acarrear agua, lo que repercutió en su columna y espalda. Luego, ya en la capital, realizó diversos oficios, uno de los cuales lo encaminó a la radio.

Cuando recorríamos calles de la Ciudad de México, Cabrera solía señalar: ahí trabajé de tal o tal. O, frente a un hotel de San Juan de Letrán: ahí murió mi papá…

Tras ayudar en los enlaces y perifoneo de los servicios de salud, alguien sugirió a Cabrera que presentara su examen para locutor. Y fue así como fue a dar a RCN, y a Villahermosa, donde Carlos César Gil le cedió su lugar frente al micrófono de XEVA, en 1959.

Desenfadados, los tabasqueños de inmediato lo hicieron suyo, y le clavaron su mote: chaquiras, por el cabello rebelde en el que, decían, se podían ensartar lentejuelas.

Ahí comenzó su periplo por el país: Sureste, Bajío y Norte. Locutor o gerente de estaciones, o ambas cosas. En la estación piloto de RCN le tocó relevar al Tío Plácido en la animación de la legendaria “Fogata norteña”

También en la capital, fue locutor de emisoras tan prestigiosas como XELA, Radio Mundo y Radio Centro. En esta última tuvo oportunidad de vivir una aventura en la que lo antecedí: la radio nocturna. Tuvo a su cargo la conducción de “Noches mágicas”, en la transición al formato hablado.

 

De grata voz grave, bien aceptada y cotizada en el medio publicitario, José Antonio Cabrera se abrió nuevos derroteros tras su arribo a Radio Centro, en 1985, a donde llegó recomendado por ese gran amigo en común que fue “El Jinete de la Pradera”.

En el grupo de Artículo 123 compartimos tareas por dos años. Con él y Jorge Gutiérrez Zamora, por coincidencias de horarios, comenzamos a reunirnos a botanear cada sábado. A poco, por el cambio de día de la botana favorita (las carnitas), nos mudamos al miércoles.

Desde entonces nos pareció que era buena idea tener un paréntesis a media semana, y quedaron establecidas las convivencias semanales a las que acudían inicialmente trabajadores de Radio Centro y Radiópolis, y poco a poco llegaron de los diferentes grupos radiofónicos.

(Un asiduo fue Guillermo Mejía Llosas, quien editaba “Microfonito”).

De aquella cercanía -entre Gutiérrez Zamora y Cabrera- se dio un breve diálogo cotidiano en el relevo de turno, que alentamos decididamente desde Cuadrante, nuestra columna de radio en prensa.

Por lo demás, un día que caminábamos por Independencia, le mostré el bello edificio que se levanta en la esquina con Balderas. Revelé que estaba a la espera de que se desocupara un despacho para organizar cursos de comunicación oral, que había sido la primera materia que impartí en la Escuela de Periodismo.

Como mi vida laboral tomó otros derroteros (Televisa / SNTE / Televisa), más adelante me dijo que ya había contratado un despacho en el edificio de Balderas y Juárez para abrir una Escuela de Locutores, lo que le significó no solamente la consolidación profesional sino una mayor proyección.

Al separarme de la delegación sindical, lo animé a asumir la representación de nuestros compañeros, pero no fue posible que me relevara directamente sino hasta después de una gestión intermedia.

Cuando salí de ORC, la relación siguió y se fortaleció. Alguna vez lo entrevisté por teléfono, para mis espacios de medianoche en Radio Red, independientemente de la transmisión diferida en que participó desde “Mi rancho El Porvenir”, en Tabasco.

Continuamos las botanas que más adelante se convertirían en tertulias de cafetómanos, por diversos locales del centro, hasta que -años después- nos incorporamos a grupos como Gente de Radio y la Peña de Miguel Medina.

En nuestro Norte capitalino, muy cerca de su domicilio, abrimos también espacios de diálogo con sus amigos, que pronto los hizo míos y de otros contertulios. Siempre con inquietudes de seguir aportando, pues Cabrera nació para comunicar y enseñar. Sin duda.

Ya sin su curso formal, siguió asesorando a algunos interesados, como fue el caso de Joel, el menor de mis hijos… Cabrera gestionó para sus pupilos las últimas licencias o certificados que se otorgaron a locutores en México.

 

Cuando las cabinas y aulas quedaron de lado, Toño Cabrera volvió a ser el niño solitario de antes, necesitado de dulces y chocolates, y de cigarrillos y llamadas telefónicas.

Pero también fue un hombre afortunado, cuya caballerosidad se vio correspondida con el afecto que siempre le rodeó. No sólo hubo quién le abriera permanentemente puertas y micrófonos sino corazones, y no necesariamente femeninos.

Un espacio importante ocupó el encuentro periódico entre amigos de la juventud, cuya sede se fue rotando en diversos puntos del país hasta que el destino fatal fue extinguiéndolos.

Y si en su momento se vio envuelto en nuestras inquietudes, enseguida tuvo el reencuentro con la fe a través del doctor Daniel López y el afecto filial, final, de Goyo Ruvalcaba, quien se convirtió en el hermano que no tuvo.

 

Hace relativamente poco, al caminar hacia Reforma para dirigirnos al estudio del cronista de nuestra Delegación Gustavo A. Madero, donde grabaría unos videos de la Basílica, Cabrera me dijo con plena convicción: “Yo sigo”.

Era el 5 de julio y salíamos del funeral de Salvador Luna Ibarra.

Hace menos aún, a fines de octubre, al emprender un viaje rápido a Chiapas, le urgí a que a mi regreso realizáramos pronto la producción colectiva con voces amigas y contemporáneas, documento que intentamos un par de veces. Entonces me dijo: “sí, cabrón, porque ya me voy a morir”.

Respondí que cualquiera podría ser; que ya varios colegas, contemplados en el proyecto original, se habían adelantado, y con otro más (o menos, en este caso), el plan quedaría definitivamente archivado. Y así es.

Tampoco pudo llevar a cabo su “gira del adiós”, a la que a varios de sus amigos nos convidaba. Pretendía recorrer cada una de las plazas en las que trabajó como locutor. Fue una verdadera lástima no haber realizado ese recorrido…

A cambio, tuvimos el gusto de departir en las márgenes del río Tulijá, en “Mi rancho El Porvenir”, de nuestro querido amigo en común Carlos César Gil, en el Tabasco que le marcó para siempre.

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