Radio y crítica

Tras publicarse en El Nacional y El Universal, Cuadrante se refugió en la sección Metropolitana que editaba Rodolfo Soriano-Núñez para Excélsior. Un mal día, al mediar los años noventa, borraron de tajo ese espacio plural. Desde entonces, los medios se nos niegan. Como si la crítica no fuera útil y hasta necesaria.



CUADRANTE / La Columna -de Joaquín Gutiérrez Niño.


Madrugada como ahora… Hace 43 años.
Salía de prensas, en las rotativas de El Nacional, una columnilla insignificante, relleno de la cartelera, que coló un tipo singular que hacía las veces de editor en fin de semana: Víctor Cázares.
Por entonces, Cuadrante solamente quiso ser el símil para radio de los Telegolpes (y otras denominaciones) que dio Juan Cervera a sus comentarios alrededor de la televisión.
No consiguió mayor cosa, puesto que tampoco pretendía demasiado. Tan sólo que se empezara a tomar en cuenta al patito feo de los medios; que servía para hacer éxitos musicales -vía payola-, pero prácticamente nada más.
Lo poco de valía, que por supuesto había, se esfumaba en el aire que lo transportaba. La misma gente de radio parecía ignorar el potencial del medio.
Para mí, provinciano procedente de un lugar donde se hacía radio viva y de contenidos (salve, maestros de XEUE), que experimentó e innovó bastante en XEDB, resultaba extraño que la radio capitalina se redujera a esquemas rígidos, supracomerciales.
La otra radio (la universitaria o la clásica, o la pretendida “tercera posibilidad”), con contenidos valiosísimos, pasaba casi inadvertida. Las radionovelas de XEW y RCN iban de salida; incluso, la cadena de Navarro había cedido su frecuencia capitalina a Serna con Radio Red.
Cuando comencé esta columna, habían concluído mis pinitos capitalinos en XEX, con Jorge Manuel Hernández, y había pasado a Ravisa, con Radio Chapultepec como piloto, bajo la guía de otro gran maestro, Adrián Ojeda, de los pocos que abrían micrófonos a los inexpertos.
Cuadrante daba cuenta de algunos hechos radiofónicos y comentaba transmisiones. Decía qué le parecía bien y qué habría que mejorar; pero lo más importante: proponía alternativas, cosas muy prácticas; tratando de enrutar al medio hacia la información y el servicio.
Podría pensarse que era algo inminente, que tendría que darse con la dinámica social; muy probablemente, pero se había tardado demasiado. Nada parecía detonar el cambio.
Algunos piensan que ese detonante fueron los sismos del 85. Con pleno conocimiento de causa sostengo terminantemente que el proceso había comenzado años atrás y varios lo empujábamos desde distintos frentes. A mí me tocó hacerlo desde la crítica, docencia y realización de radio.
Si se hiciera un análisis comparativo imparcial entre aquellos comentarios aparentemente -o en parte- insulsos, y la evolución del medio, acaso se le reconocieran aportes sustantivos.
¿Y para qué serviría semejante reconocimiento?
Más allá de que, en un acto magnánimo los dueños de medios absolvieran al autor por los malestares causados (finalmente aquella terquedad por cambiar los contenidos los condujo a adquirir enorme poder y fortuna), podrían advertir que la carencia de crítica y contrapesos contribuyó a que sus corceles desbocaran llevándose entre coces el péndulo del equilibrio nacional.
Con una buena dosis de humildad, sensatez y honestidad, los medios tendrían que reconocer que gran parte del estado general que guarda el país (y ahora se evidencia) es por falta de medios críticos y propositivos, generadores de conciencia constructiva.
Pero, si se reclama humildad, sensatez y honestidad, podría cuestionarse dónde queda la del atrevido, impertinente y arrogante comentarista que osa señalar semejantes desmesuras…
Bueno, solamente se apuntan algunas consideraciones elementales.
Si hubiera existido una comunicación cuidadosa (crónica parlamentaria, por ejemplo, que delatara oportunamente la involución que padecíamos), probablemente se hubieran frenado las contrarreformas.
Y si hubiera existido una crítica eficaz al quehacer mediático, cuando estuvimos a tiempo, quizá se habría frenado, al menos en parte, el notorio y ya dramático descarrilamiento del país.
Pero, luego de un gran vacío que tornó irreversibles los males mediáticos, los analistas sobrevivientes han sido académicos, primordialmente; con teorías brillantes pero distantes del lenguaje práctico, el que enlaza a los comunicadores y al grueso de la población.
Ha hecho falta llevar de la mano a quienes hacen la comunicación, cosa que tampoco es fácil principalmente por su afinidad de intereses económicos y políticos para con quienes realmente mandan y los gobiernos que nos obsequian.
Si cupiera la comparación, los teóricos han venido realizando una labor como la antigua radio cultural: pocos recibían y entendían menos. Pero, ya estamos ante una oportunidad única para comenzar a hacer las cosas de distinto modo.
Por fortuna, los más connotados de esos analistas están recibiendo ahora la estafeta frente a los medios públicos. Para mayor fortuna, son aquellos que mejor han incursionado en el verdadero quehacer de medios. Esperemos buenos resultados.
Por lo demás, es deseable, por conveniente, que los medios privados en general, y la radio en particular, quieran sumar sus tareas al diseño (y rectificación) de un rumbo propio para nuestro país. Podrían hacerlo y sería de gran provecho para todos.
Con un compromiso serio, definitivo, entre los actores: radio, crítica y poder. De que cada quien asuma su rol a conciencia dependerá en gran parte que esta nación no quede en fallida.
Acaso el mayor riesgo visible sea el retorno a las antiguas prácticas de sometimiento en los tiempos de partido único. La salvedad hoy serían las redes sociales, que sin llegar a panaceas pueden contribuir a conseguir un sano equilibrio.
Urge entender la función de la crítica y la oposición, pero falta que todo se practique bajo rigurosas pautas de responsabilidad.
Suena a utopía pero nada conseguiremos si no enderezamos esos dos renglones básicos de cualquier transformación, por elemental que sea: educación y comunicación.
De modo particular debe cuidarse la comunicación. Frente a la educación formal, la comunicación sigue siendo masiva y simultánea; todavía impactante.
Y esto es cierto, pese a la creciente pulverización y dispersión de señales y mensajes.

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