Promotores que cantan

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Con gran poder de convocatoria, pues varios colegas suyos acudieron especialmente desde la Unión Americana, denotan oficio en la organización de un evento para sí mismos y sus amigos de la radio. Los forjadores de éxitos, siguen en lo suyo: el éxito.


CUADRANTE / La columna de Joaquín Gutiérrez Niño

Para la nueva reunión de promotores de discos, precedida del éxito obtenido en la anterior, hubo sede insuperable: el bar Montecarlo, de Revillagigedo. Por los viejos rumbos…
Como en aquellos tiempos. Cuando la radio era la fábrica de éxitos musicales. Y artistas y compositores, o sus representantes, o los promotores de las compañías disqueras, debían congraciarse con programadores y animadores.
Entonces, para “atender” a los señores sin que los agasajados tuvieran que desplazarse ni les ocasionara mayor contratiempo, los populares “pomotores” acudían a las inmediaciones de Radio Centro y Radiópolis. Invitaban y departían, o nomás cubrían algunas cuentas.
Por eso, ahora, un nuevo acierto de Carlos Girón y demás organizadores fue acudir al punto intermedio, donde casualmente comenzamos las famosas “carnitas”, el ya lejano antecedente de las reuniones con las Figuras del Cuadrante.
(Y aquí debo alzar la copa en un brindis a la memoria de Gutiérrez Zamora y de Cabrera, y a la salud de Mejía Llosas y del hoy enlutado Marco Tulio García, entre algunos de los asíduos).
Así, crecieron de antemano las expectativas para el nuevo reencuentro: la nostalgia, el deseo de estar ahí, el ver rostros conocidos -y aunque no lo fueran tanto.
¿Nombres? Tampoco resultan familiares a la despistada manera de ir por la vida, y a la desmemoria. Las mías, claro. Más para bien que para mal, aunque ahora me apene no ubicar cabalmente a quienes conectaron tantos hits, no tuve tiempo ni oportunidad de conocerlos.
¿Y por qué? Sencillamente porque pude escribir y hablar sin condicionamientos de ningún tipo, ni siquiera de amistad.
Pero ahora estuve ahí, interesado en descubrir que la promoción artística abarca una extensa lista, mucho más amplia de la que pude tener noticia en mis tiempos: Octavio, Pepe, Sabás…
Al asomar en pos de dar un abrazo a Raúl Ríos Olvera (alguien corrió la especie de que era una comida en su honor, que desde luego la merecía), el entusiasta ademán de bienvenida de Manolo Fernández. (Buena improvisación discursiva, mejor intervención como solista).
De entrada, la cordialidad de un tipo de baja estatura pero enorme carisma y pleno dominio en lo suyo: Enrique Galicia. Sin cortapisas reiteraría lo que ha sugerido siempre: devuelve la vigencia de “Cuadrante”; has radio por internet.
En el corto trayecto a estrechar a Manolo, los efusivos saludos de quienes han ido más allá de la promoción para tornarse campeones de las relaciones públicas -y la empresa, en muchos casos. No necesitan conocer a uno para mostrar su camaradería.
Duro como el palo de papaya, como dicen en mi tierra, fui convencido en un santiamén por el huasteco Fernández para quedarme. “No va a venir Camacho”, bromea. “Anda en gira por Monterrey”. En eso se acerca el encargado del bar, y remata: ya era hora que volviera por acá.
Hay un querido amigo en común que, con tal de apoyar a ambos, está dispuesto a patrocinar la grabación y primer borrador de las memorias del Güero, pero -ahora lo pienso- entre el resto de promotores hay todo un cielo con varias constelaciones.
Si se vislumbrara otro Armando que hiciera honor a su nombre, seguro armariamos buenos textos que hilvanaran ese mundo mágico de la música y sus éxitos. Quedemos con el radar activo, pues se me agota nuevamente el tiempo para aportar a mi pensión.
Terminó de animarme a permanecer la presencia de un abstemio: Agustín Jiménez, ex voz de Radio Mil y de Radio Felicidad. Todo gentileza, estuvo presto para acercar asientos y botanas a los comensales de nuestra mesa; luego cedería su lugar a los demorados.
Los Aguilera, Jorge Alberto y José Antonio (de cumpleaños reciente, apenas la antevíspera), fueron efusivos. Jorge recordó cuando Agustín y él cubrían turnos maratónicos en el NRM. Pepe Toño trató a varios promotores cuando estuvo al frente de la NQ, de Wong en Tulancingo.
“Eres bueno con el micrófono y mejor con la escritura, pero muy malo con la lente”, me dice Jorge Alberto Aguilera.
Cuando finalmente arribó Raúl Ríos Olvera en compañía de Víctor Manuel Barrios Mata, par de verdaderos figurones de Radio Variedades, ya todo era buen ánimo. Abrazos, bromas, risas… ¡Recuerdos!
Como saludo me repitió lo que muchas veces acudió a declarar a mi cabina, tras leer alguna edición de mi columna: Qué bonito escribes, caray. Pero esta vez añadió: Y cuando escribes de mi, más. Reímos.
Ya sentados, el ahora director de la Radio Universidad queretana confió que en su tierra halló un periodista empírico que lo hace muy bien. No sólo hace investigaciones sino análisis.
¡Estamos en las carnitas!, subrayaría Raúl con emoción. Se nos concedió volver, le digo. Y él insta al reencuentro de ExCéntricos. Para octubre, propone. Hay que apurarnos -insiste-; ¡nos estamos muriendo!
Sentado a mi lado, Barrios Mata, el ingenioso animador que trascendió a comunicador de contenidos, habla sin tapujos. Cómo surgieron muchos de sus conceptos y cómo se distribuía la payola. Y su aguda mirada retrospectiva abarca los distintos grupos en los que estuvo.
Nos enfrascamos en la charla. Casi como aquella vez que coincidimos con Angel Fernández, a las puertas de Radio Fórmula, y el legendario cronista se metió tanto en lo que hablábamos, que olvidó tenía que pasar un programa.
Víctor me narró un pasaje inédito de su biografía: cuando incursionó como ranchero en el Soconusco. Y es que la radio impulsa por aires insospechados. Sin duda.
En algún momento, Ríos Olvera me pide recorramos a pie los viejos rumbos; que pasemos a la foto en Radio Centro.
Recuerdo que algo similar hicimos cuando Raúl decidió partir de México. Y antes nos encotrábamos por los mariscos de Palma, y antes caminamos la noche del gran sismo.
Esta vez, en compañía de Barrios Mata y del periodista Antonio Carrizosa, y del juvenil y gentil exlocutor -de Radio Mil y Acir- Agustín Jiménez, caminamos por Artículo 123 y Balderas, asomamos “a ese cafecito del que tanto hablas” (el Sheik), algo de Avenida Juárez, Independencia y de nuevo Revillagigedo.
En Radio Centro estuve a nada de llamarle a Francisco Aguirre Gómez porque no dejaban que Barrios Mata y Ríos Olvera entraran hasta el busto de don Pancho. Total, dije, lo haré antes que la segunda generación de la familia quede fuera; después, ni llorar será bueno.
Pero guardia y administrador comprendieron y franquearon finalmente el paso hasta el busto. Lo demás (mezanine, primer piso y cabinas) no vale la pena, les consolé: todo está cambiado.
De regreso al Montecarlo, la bohemia estaba en su apogeo. Cantaban los promotores. Será que de tantas mieles algo se adhiere, o que ellos llegaron escondiendo inclinaciones al canto, pero ni rancheras ni boleros, ni tropicales o baladas salían mal.
Lo mejor: la selección de números; todos de buen gusto, ninguna de cajón. Imposible quejarse de cuchillo de palo alguno en casa de herrero.
Cuando hicieron cuarteto las contadas promotoras tuve que decir: cantan mejor que las artistas que promueven. Y no es que ya hubiera empatado mi tanda de rones con sendas Victorias…
Tanto entre gente de radio como entre promotores, indudablemente, hay talento de sobra. Jorge Alberto Aguilera contaría, “para los cuates de la provincia”, cuando una banda en un pueblo indígena de Chiapas irrumpió con “Quiero que sepas”, de Memo Mejía Llosas.
Cabrera (¿Fidel?), quien tuvo un rancho en la zona zapatista y lo repuso cerca de Palenque, maestro de charrería, ya casi de salida me asombró con sus altibajos empresariales y familiares, y de cómo recomenzó de la nada.
Otra gran historia la de Pepe Domínguez, sin duda. Y muy probablemente por ahí irán las anécdotas de quienes han sido claves para posicionar éxitos, éxitos que fueron reunidos en un cd que fue repartido a la concurrencia. Regalazo.
Cerca de las diez de la noche del viernes 17 de mayo, la mayoría dejó el antiguo Monte. Legendario, inolvidable. Seguro, Ramírez Olace andaría por ahí; risueño y bohemio como siempre.

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