Ojeda se lleva trozos de historia


Décadas de hacer radio, televisión e internet; de realizar sensacionales promociones e innovadores conceptos; de madrugar con su audiosíntesis; de reseñar informes presidenciales y conducir ceremonias; de cubrir giras y campañas. De enseñar la magia del micrófono.


Decir que un homenaje fue emotivo se ha convertido en un lugar común, pero el que rindieron hoy a Adrián Ojeda en el Senado de la Reública sí que lo fue.
Desde la proyección del video con fragmentos del homenajeado y testimonios de quienes lo trataron en diferentes momentos de su trayectoria, el público que llenó el Auditorio Octavio Paz se mostró proclive a sumarse. Primero con aplausos y enseguida con lágrimas.
Ojeda probablemente no llegó a imaginar la cantidad e intensidad de afectos que logró sumar, muy especialmente al final de su carrera, cuando muchos lo vieron como un gran camarada o un abuelo bonachón.
Varios de quienes participaron en el video lo volvieron a hacer en vivo, convocados por la conductora Paty Solís. Así, Javier López González abundó en el perfil y aportó datos humanos: su fervor por María Reparadora, por ejemplo.
La presidenta de la ANL, Rosalía Buaum, habló de su voz y magisterio para los hombres y mujeres del micrófono. A su vez, Abelardo Martín, coordinador de Comunicación del Senado, mostró que lo conoció y bien.
Anécdotas de los comienzos y cúspide como locutor, aportados por su junior, incluyendo el lanzamiento y consolidación de The Beatles desde 790 AM.
La emotividad comenzó a desbordar con la intervención de Erasmo Calderón, quien lo conoció durante el sexenio de José López Portillo; dijo hablar con imágenes, pero todas las imágenes se le anudaron en la garganta.
Hubo poemas y canciones, y -en el clímax- la entrega a la familia Ojeda Castilla del cuadro que la pintora Alejandra de Witt debió entregar al propio Adrián: el locutor veracruzano entrevistando a la cuarteta de Liverpool. Todo ideado por el comunicador recién fallecido.
La revelación como orador, un nieto que es hijo de Marcela, la hija de Adrián que siguió los pasos periodísticos del progenitor.
Al final, durante el café con bocadillos, el intercambio de anécdotas entre la numerosa concurrencia. Todos lo recuerdan sonriente y afable, con el clásico “a darle” de un madrugador de siempre.
Hubiera querido añadir que con Ojeda se fue gran parte de la historia de la radio, no solamente la que él protagonizó sino la que él presenció y recordaba a detalle.
Páginas aisladas de esa historia me platicó en el Café Gran Premio, a donde me dirigí a cumplimentar el homenaje particular al más ingenioso radialista mexicano que he conocido.
Tuve el gusto de que me acompañaran dos apreciados compañeros: Arturo Zárate Vite y Ricardo Herrera Solís, de quienes aprendí en la Septién, cuando tuve la fortuna de impartirles clases de radio.
Ellos hablaron ahora de los temas y con el enfoque que lo hizo uno de los maestros de maestros, el siempre bien recordado Adrián Ojeda.

Joaquín Gutiérrez Niño

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