Baches del aire

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Talleres de radio apoyan la autoestima y ayudan a niños a socializar, concluye Dondé.

Oír y hacer radio sería de gran utilidad a niños y medio. Eso he venido sosteniendo desde hace mucho. A su vez, Raúl, mi primogénto, tuvo gratificante experiencia al desarrollar un concepto de radio escolar para sustentar su trabajo recepcional como profesor de primaria.

CUADRANTE / La columna -de Joaquín Gutiérrez Niño

¡Nunca se apague!

Eso clamé al comenzar este jueves (“Día Mundial de la Radio”), y al improvisar una “mínima”: “La radio prende / corazones e imaginación”.

Me gustó. Anteponer la conclusión a manera de propuesta, indefinida –por lo demás (se supone que me refiero al receptor o el medio, pero también podría dirigirme al oyente mismo), abre otro juego de sentidos: la radio, que debe ser sintonizada o prendida, es la que prende.

Creí no había dedicado ninguna “mínima” al medio que… ¿me apasionaba? (Descubro ahora, entre los recuerdos de Facebook, que llevo ya varias. Menos mal).

Pero, ¿por qué dudo si todavía me apasiona la radio?

Antier, la colega Conti González me puso en qué pensar: con motivo del aniversario de contactarnos por Facebook, donde ella co-administra el grupo Cuadrante, que daría continuidad a mi columna homónima, se alegró porque esa red la vinculó con alguien que ama tanto a la radio como ella.

De inmediato vinieron a mi mente dos cosas:

  • En las mocedades dije: si me ponen a elegir entre el micrófono y una muchacha, opto por lo primero (y lo demostré cada que llegaba de vacaciones al terruño: prefería encerrarme en la cabina que convivir con jóvenes de mi tiempo).
  • Hace años, de regreso en Chiapas, escribí una memoria de mi paso por el medio: “Si no me quieres, ni modo”.

Ese título, por cierto, llevaba un largo subtítulo: “Historias de amor y desamor con una dama veleidosa: la radio”, que da pistas del distanciamiento con la amada. Y es que, justo como ocurre con quien desaira, llega el momento de recobrar la dignidad y alejarse.

A propósito, el capítulo dedicado a mi paso por Radio Centro (paso no exento de sinsabores; al contrario, le sobraron) se llamaba “Yo, el adolorido”, en alusión a ese tremendo fenómeno de comunicación que me tocó llevar por buen tiempo: La hora de los adoloridos.

Pero los traspiés se dieron por diversas empresas. Nada menos ayer comentaba al discopromotor Pepe Camacho los rotundos rechazos que tuve en la Radio Mil de Huesca y en Radiorama, con el maestro Garza al frente.

(Vino a cuento por los noventa de edad que acaba de cumplir el hombre radio, quien ahora disemina por las redes su retórica de la radio pero, en su hora, se abstuvo de formar a un sólido sucesor suyo en el medio).

Y casualmente, fue a don Ramiro a quien previamente tomé por paño de lágrimas y desahogué mis frustraciones del medio. Eso ocurrió justo cuando Garza me sucedió en el espacio dedicado a la radio en el diario El Universal.

Total, el post de Conti, hija del legendario titular operativo de Radio Centro, encargado de separarme de esa empresa, me recordó también cuando un coterráneo que se tornó en leyenda del futbol chiapaneco, Jorge Malpica, me dijo: nadie quiere más a Tonalá que tú.

De aquello también ya pasaron huracanes y sismos. He recibido reveses que se consignan en otra memoria inédita: “Días de viento y sol” (en la costa norte de Chiapas no hay peores), que da cuenta cómo me fue –como en feria- en el carnaval de mi pueblo.

Pero -¡vaya!- aquellos fueron finalmente de recreo frente a los años que padecimos luego por acá.

Y bueno, estamos en el Día de la Radio y es imperativo adentrarse en la reflexión. Para eso son las conmemoraciones de este tipo.

Hace poco, en el acceso Reforma del metro Hidalgo hallé casualmente a “El Morrison”, un genial productor que gusta de mostrarse irreverente y controversial. Acababa de anotarse un tanto al atinar en la fugacidad de un concepto hablado, que me pareció poco afortunado desde el uso de nombre ajeno y manoseado.

Julián asevera que no tomaron en cuenta el momento ni a quiénes dirigirían sus transmisiones; que pretenden hacer radio con fórmulas absolutamente agotadas.

Sin ignorar que efectivamente la radio se ha desligado de los públicos y ya no ofrece conceptos novedosos o con cierta frescura, el asunto de los lenguajes y las formas de hacer radio no termina de convencerme. Y esa brecha creativa, generacional, se me ha planteado incluso en casa: mis hijos critican las formas ya gastadas de hacer radio.

Alego, por mi parte, que el ser humano no ha dejado de serlo y que continúa usando sus palabras y signos convencionales para comunicarse. Y aunque efectivamente hay variaciones importantes, en lo esencial queda margen para establecer el diálogo.

Años atrás, en esta fecha, he sostenido: para que la radio perviva falta que los niños oigan y hagan radio. Los géneros pueden permanecer; lo que cambiará será el enfoque para abordar los temas eternos.

Y a propósito, hace todavía poco, Dalia Juvid, mi nieta -de once años- nos asombró en familia al mostrarse enterada no solamente de la trágica muerte sino del quehacer de un comunicador de Radiópolis. Y es que, aparentemente, mis nietos han permanecido alejados del medio. Pero ya veo que no tanto. (CH desarrolló ya un programa).

Claro; quizá querría que mis descendientes oyeran los programas de viejitos como yo lo hacía cuando chamaco. Como digo, no veo por qué tuvieran que ser distintos: buena música, bien comentada, es lo que falta; apta para un público heterogéneo, como antaño se pretendía.

Ahora que se habla de “audiencias”, y que se pretende ir por todas y a cada cual, es cuando el auditorio ha mermado considerablemente, aunque las estadísticas -a modo; sobre todo acomodadas a las agencias publicitarias- digan lo contrario.

Por mi parte, sigo disfrutando la radio. Ya sin pasión por hacerla, resignado al silencio, me regocijo con las audiciones semanales que procuro no perderme. Pero eso sí: difícilmente me detengo a escuchar “novedades”, como cuando me lo exigía por mi rol de columnista de radio en prensa.

Lejos de ser un “exquisito”, ya no me receto cualquier cosa.

Hace poco, por ejemplo, luego del programa de Mojarro, en Radio Universidad, me descuidé unos minutos y ya no podía desprenderme del 860 AM para ir al programa brasileño de Horizonte. La causa: la regia música clásica que empezaron a tocar. Y nada sé de clásicos.

Amante de la AM, soy fiel seguidor dominical de Horizonte. Desde que retorné a la capital, en 2003, la oigo, y antes también lo hacía entre semana. (Me da gusto, por lo mismo, que exista y sume ya veinte años al aire).

Avido por actualizarme, cosa que nunca conseguí, desde que regresé a la capital federal reanudé la manía de girar el dial, y me maravillé con cosas interesantes. Tantas y tan valiosas. Conclusión: valió la pena empujar los cambios, aunque terminara uno como todo redentor.

A despecho de quienes afirman, sin oír, que nada de la radio actual vale la pena, puedo afirmar que hay cosas muy decorosas. Pero prevalecen los baches insalvables. Lo peor: no se sabe, bien a bien, dónde y a qué hora está lo bueno.

Como he reiterado, antes que pudiéramos alcanzar la radio total caímos en el caos total. Y no salimos, y parece ser que la radio ya nunca se recuperará del todo. No se ve mayor intención por sacarla. Ni en el plano público y mucho menos en el privado.

Y es una lástima porque la radio podría contribuir a una verdadera transformación social, pero antes tendría que retomar su propio rumbo. Con idea y propósito, con un compromiso serio a favor de las personas y sus comunidades.

Jueves 13, febrero 2020.

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